Eliseo López Benito
La Civilización Madre y su Legado Incomprendido
1. Descubrimiento
El descubridor de la civilización
madre fue Eliseo López Benito. Quien descubrió una mano inteligente o creadora detrás
de un aparente mundo natural. Nos encontramos ante la identificación de una
intencionalidad antrópica superior subyacente tras lo que convencionalmente ha
sido interpretado como un paisaje exclusivamente natural. Se trata del legado
material de un mundo anterior, cuyas obras de origen cultural han sido
clasificadas por la ciencia contemporánea como simples formaciones naturales,
es decir, como fenómenos estrictamente geológicos.
2. Expansión y cronología
La denominada Civilización Madre
poseyó un ámbito de expansión universal, como lo evidencia la presencia de
vestigios homogéneos en los cinco continentes. Su cronología se sitúa entre el
X y el V milenio ANE, constituyendo la madre de todas las civilizaciones. Si
los mismos vestigios se manifiestan con patrones idénticos en todo el mundo,
ello implica que se trataba de una civilización de ámbito universal: el
fenómeno megalítico presente a escala global.
3. Geografía sagrada
Los vestigios materiales de esta civilización son resultado de un proceso sistemático de antropización del paisaje con el objeto de la sacralización del espacio: geografía sagrada. El elemento estructurante de dicha geografía fue el culto al elemento agua en todas sus manifestaciones y un culto al actual orden cósmico; al año solar y sus cuatro estaciones, un orden cósmico formal e inmutable. Este culto se materializó mediante altares rupestres estratégicamente orientados hacia torrenteras de escorrentía pluvial, así como hacia fuentes, arroyos, ríos, lagunas, lagos, estanques, mares y océanos. La orientación de estas estructuras responde a una planificación simbólica que integra el campo visual de la presencia del agua como elemento sagrado de culto y el movimiento de los astros. La civilización madre rendía culto al actual orden cósmico: el año solar y sus cuatro estaciones. El actual orden cósmico - concebido como un orden formal e inmutable - se materializa mediante fenómenos arqueoastronómicos en monumentos megalíticos, conjuntos escultóricos, montañas y templos que sirven como marcadores astronómicos alineados con el solsticio de invierno, el solsticio de verano y los dos equinoccios. Estos marcadores constituyen un homenaje perpetuo al mito cosmogónico de la creación del mundo, conmemorando cíclicamente a través de los milenios la victoria de un orden cósmico sobre el caos preexistente, la aparición del actual año solar.
4. Altares rupestres: morfología y tecnología ritual
Los altares rupestres presentan una
morfología de orden orgánico, configurando representaciones zoomorfas donde
cabe destacar figuras de anfibios como ranas, tortugas, serpientes, lagartos y animales
marinos como focas, ballenas, delfines, tiburón, dentro de un sistema
iconográfico simbólico. Se distinguen asimismo altares de tipología orgánico-angular,
en los que se combinan formas curvas con ángulos definidos. Estas estructuras
incorporan elementos litúrgicos que interactúan con el agua de lluvia, estos
elementos litúrgicos se hallan presentes en todo el mundo, un denominador
común, la misma civilización que rendía culto al elemento agua en todas sus manifestaciones:
- Cazoletas y conjuntos de cazoletas que
representan constelaciones.
- Piletas
- Canalillos de conducción
- Vertederas
- Grabados rupestres asociados
5. Arquitectura megalítica y monumentalidad
La geografía sagrada también integra
templos y monumentos megalíticos que responden a una arquitectura megalítica
orgánico-angular de carácter monumental con el objeto de sacralizar la geografía
por la presencia del elemento agua. Existe una intervisibilidad sistemática
entre los centros sagrados de la Civilización Madre. Estos enclaves son
visibles entre sí a distancias que oscilan desde pocos metros hasta
aproximadamente 300 km, configurando una red territorial visualmente conectada.
Las montañas forman parte de esta geografía sagrada y mantienen relaciones de
intervisibilidad, actuando como nodos simbólicos dentro de una planificación geoespacial
integral de ámbito planetario. En el marco de esta geografía sagrada también se
identifican cavidades subterráneas tradicionalmente clasificadas como cuevas
naturales, que constituyen en realidad templos subterráneos de origen cultural.
En estos templos subterráneos se rendía culto al agua, pues el agua se halla
presente en el interior de estas cavidades. El agua concebida como
manifestación visible de la Diosa Madre. La serpiente, reiteradamente representada,
simboliza un atributo esencial de esta divinidad primordial, asociada a la
fertilidad, la regeneración y la energía telúrica.
6. Figuras monumentales e iconografía
La geografía sagrada también
incorpora figuras monumentales de gran escala: antropomorfas, zoomorfas,
antropozoomorfas, fálicas y polimorfas, es decir, las figuras polimorfas según
la perspectiva del observador recrean una figura u otra, he ahí la complejidad
de este arte. Esto es arte monumental de estilo simbólico. Dentro de las representaciones
zoomorfas destaca el bestiario sacro de la Civilización Madre: un arte
monumental de estilo simbólico, presente en todo el mundo, que incluye figuras
como:
Mamíferos: León, Jabalí, Foca,
Delfín, Ballena, Tiburón, Toro, Mamut, Elefante, Perro, Burro, simios y monos.
Reptiles: Serpiente, Lagarto, Iguana, Tortuga.
Aves: Águila, Gallo.
Anfibios: Rana, salamandra.
Peces: Tiburón
Criptozoología: Dragón
Asimismo, se identifica un patrón
iconográfico recurrente consistente en dos grandes ojos asimétricos. Este
motivo aparece tanto en el diseño frontal de templos y santuarios como en grabados
rupestres, constituyendo un sello identitario de la Civilización Madre. Este
patrón ha sido denominado "los ojos de dios".
7. Ingeniería hidráulica
Las laderas integradas en la
geografía sagrada presentan aterrazamientos sistemáticos que cumplen funciones
de estabilización y control antierosivo del terreno. Los cursos fluviales
forman igualmente, parte de la intervención cultural. Se observan tramos
monumentalizados con altas paredes rocosas que delimitan y encauzan el río,
configurando auténticas estructuras de arquitectura hidráulica. Estas
formaciones no responden a procesos erosivos naturales prolongados, sino a una
ingeniería hidráulica destinada a conducir el agua y regular su velocidad mediante
canales y saltos hidráulicos. En numerosos sectores, las márgenes fluviales
concentran altares rupestres orientados hacia el propio curso del río,
configurando paisajes fluviales plenamente monumentalizados y sacralizados.
También se documentan acumulaciones pétreas intencionales que contribuyen a la
sacralización del territorio: amontonamientos de piedras de carácter
mágico-sagrado. Asimismo, se identifican santuarios rupestres, interpretados
como abrigos y oquedades en las rocas, también de carácter cultual.
8. Ingeniería de caminos
La geografía sagrada se articula
mediante un sistema vial característico: una red de calzadas con una anchura
inferior a 50 cm. Este entramado vertebra el territorio y permite el acceso a
altares y templos, constituyendo una auténtica ingeniería de caminos. La
reducida sección de estas vías indica un tránsito individual y unidireccional,
coherente con prácticas rituales de carácter mistérico, en las que la
experiencia religiosa era personal, iniciática y no colectiva.
9. Arte rupestre
La geografía sagrada integra manifestaciones de arte rupestre, tanto grabados y petroglifos como pinturas parietales. Estas expresiones constituyen arte sagrado y forman parte del sistema simbólico integral de la Civilización Madre.
10. Religión mistérica y prácticas iniciáticas
El sistema de creencias de esta
civilización gravitaba en torno al culto a las aguas en sus diversas
manifestaciones y a la sacralización del orden cósmico regido por el ciclo
solar. No obstante, resulta imperativo integrar el fenómeno de la religiosidad
mistérica. En ella, los iniciados se sometían a pruebas de valor para alcanzar
santuarios y altares rupestres; estas estructuras, erigidas en puntos de
extrema inaccesibilidad, convertían la escalada en un componente esencial del
rito de paso.
Asimismo, en el uso ritual de las
cuevas, los devotos se internaban en las cavidades progresando por pasos
angostos y estrechos pasajes hasta alcanzar los cubículos más profundos: las
cámaras iniciáticas. Este viaje simbólico hacia el inframundo exigía una fuerza
mental absoluta; era, en esencia, una transmutación ritual de muerte y
resurrección. Representaba una preparación espiritual para el «último viaje
hacia el más allá»: la propia muerte.
